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domingo, 1 de enero de 2023

sábado, 1 de enero de 2022

55ª JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ: MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO


Diálogo entre generaciones, educación y trabajo:

instrumentos para construir una paz duradera

 


1. «¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del mensajero que proclama la paz!» (Is 52,7).

Las palabras del profeta Isaías expresan el consuelo, el suspiro de alivio de un pueblo exiliado, agotado por la violencia y los abusos, expuesto a la indignidad y la muerte. El profeta Baruc se preguntaba al respecto: «¿Por qué, Israel, estás en una tierra de enemigos y envejeciste en un país extranjero? ¿Por qué te manchaste con cadáveres y te cuentas entre los que bajan a la fosa?» (3,10-11). Para este pueblo, la llegada del mensajero de la paz significaba la esperanza de un renacimiento de los escombros de la historia, el comienzo de un futuro prometedor.

Todavía hoy, el camino de la paz, que san Pablo VI denominó con el nuevo nombre de desarrollo integral [1],permanece desafortunadamente alejado de la vida real de muchos hombres y mujeres y, por tanto, de la familia humana, que está totalmente interconectada. A pesar de los numerosos esfuerzos encaminados a un diálogo constructivo entre las naciones, el ruido ensordecedor de las guerras y los conflictos se amplifica, mientras se propagan enfermedades de proporciones pandémicas, se agravan los efectos del cambio climático y de la degradación del medioambiente, empeora la tragedia del hambre y la sed, y sigue dominando un modelo económico que se basa más en el individualismo que en el compartir solidario. Como en el tiempo de los antiguos profetas, el clamor de los pobres y de la tierra [2] sigue elevándose hoy, implorando justicia y paz.

En cada época, la paz es tanto un don de lo alto como el fruto de un compromiso compartido. Existe, en efecto, una “arquitectura” de la paz, en la que intervienen las distintas instituciones de la sociedad, y existe un “artesanado” de la paz que nos involucra a cada uno de nosotros personalmente. [3] Todos pueden colaborar en la construcción de un mundo más pacífico: partiendo del propio corazón y de las relaciones en la familia, en la sociedad y con el medioambiente, hasta las relaciones entre los pueblos y entre los Estados.

Aquí me gustaría proponer tres caminos para construir una paz duradera. En primer lugar, el diálogo entre las generaciones, como base para la realización de proyectos compartidos. En segundo lugar, la educación, como factor de libertad, responsabilidad y desarrollo. Y, por último, el trabajo para una plena realización de la dignidad humana. Estos tres elementos son esenciales para «la gestación de un pacto social» [4], sin el cual todo proyecto de paz es insustancial.  

2. Diálogo entre generaciones para construir la paz

En un mundo todavía atenazado por las garras de la pandemia, que ha causado demasiados problemas, «algunos tratan de huir de la realidad refugiándose en mundos privados, y otros la enfrentan con violencia destructiva, pero entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay una opción posible: el diálogo. El diálogo entre las generaciones» [5].

Todo diálogo sincero, aunque no esté exento de una dialéctica justa y positiva, requiere siempre una confianza básica entre los interlocutores. Debemos recuperar esta confianza mutua. La actual crisis sanitaria ha aumentado en todos la sensación de soledad y el repliegue sobre uno mismo. La soledad de los mayores va acompañada en los jóvenes de un sentimiento de impotencia y de la falta de una idea común de futuro. Esta crisis es ciertamente dolorosa. Pero también puede hacer emerger lo mejor de las personas. De hecho, durante la pandemia hemos visto generosos ejemplos de compasión, colaboración y solidaridad en todo el mundo.

Dialogar significa escucharse, confrontarse, ponerse de acuerdo y caminar juntos. Fomentar todo esto entre las generaciones significa labrar la dura y estéril tierra del conflicto y la exclusión para cultivar allí las semillas de una paz duradera y compartida.

Aunque el desarrollo tecnológico y económico haya dividido a menudo a las generaciones, las crisis contemporáneas revelan la urgencia de que se alíen. Por un lado, los jóvenes necesitan la experiencia existencial, sapiencial y espiritual de los mayores; por el otro, los mayores necesitan el apoyo, el afecto, la creatividad y el dinamismo de los jóvenes.

Los grandes retos sociales y los procesos de construcción de la paz no pueden prescindir del diálogo entre los depositarios de la memoria ―los mayores― y los continuadores de la historia ―los jóvenes―; tampoco pueden prescindir de la voluntad de cada uno de nosotros de dar cabida al otro, de no pretender ocupar todo el escenario persiguiendo los propios intereses inmediatos como si no hubiera pasado ni futuro. La crisis global que vivimos nos muestra que el encuentro y el diálogo entre generaciones es la fuerza propulsora de una política sana, que no se contenta con administrar la situación existente «con parches o soluciones rápidas» [6], sino que se ofrece como forma eminente de amor al otro [7], en la búsqueda de proyectos compartidos y sostenibles.

Si sabemos practicar este diálogo intergeneracional en medio de las dificultades, «podremos estar bien arraigados en el presente, y desde aquí frecuentar el pasado y el futuro: frecuentar el pasado, para aprender de la historia y para sanar las heridas que a veces nos condicionan; frecuentar el futuro, para alimentar el entusiasmo, hacer germinar sueños, suscitar profecías, hacer florecer esperanzas. De ese modo, unidos, podremos aprender unos de otros» [8]. Sin raíces, ¿cómo podrían los árboles crecer y dar fruto?

Sólo hay que pensar en la cuestión del cuidado de nuestra casa común. De hecho, el propio medioambiente «es un préstamo que cada generación recibe y debe transmitir a la generación siguiente» [9]. Por ello, tenemos que apreciar y alentar a los numerosos jóvenes que se esfuerzan por un mundo más justo y atento a la salvaguarda de la creación, confiada a nuestro cuidado. Lo hacen con preocupación y entusiasmo y, sobre todo, con sentido de responsabilidad ante el urgente cambio de rumbo [10] que nos imponen las dificultades derivadas de la crisis ética y socio-ambiental actual [11].

Por otra parte, la oportunidad de construir juntos caminos hacia la paz no puede prescindir de la educación y el trabajo, lugares y contextos privilegiados para el diálogo intergeneracional. Es la educación la que proporciona la gramática para el diálogo entre las generaciones, y es en la experiencia del trabajo donde hombres y mujeres de diferentes generaciones se encuentran ayudándose mutuamente, intercambiando conocimientos, experiencias y habilidades para el bien común.

3.  La instrucción y la educación como motores de la paz

El presupuesto para la instrucción y la educación, consideradas como un gasto más que como una inversión, ha disminuido significativamente a nivel mundial en los últimos años. Sin embargo, estas constituyen los principales vectores de un desarrollo humano integral: hacen a la persona más libre y responsable, y son indispensables para la defensa y la promoción de la paz. En otras palabras, la instrucción y la educación son las bases de una sociedad cohesionada, civil, capaz de generar esperanza, riqueza y progreso.

Los gastos militares, en cambio, han aumentado, superando el nivel registrado al final de la “guerra fría”, y parecen destinados a crecer de modo exorbitante [12].

Por tanto, es oportuno y urgente que cuantos tienen responsabilidades de gobierno elaboren políticas económicas que prevean un cambio en la relación entre las inversiones públicas destinadas a la educación y los fondos reservados a los armamentos. Por otra parte, la búsqueda de un proceso real de desarme internacional no puede sino causar grandes beneficios al desarrollo de pueblos y naciones, liberando recursos financieros que se empleen de manera más apropiada para la salud, la escuela, las infraestructuras y el cuidado del territorio, entre otros. 

Me gustaría que la inversión en la educación estuviera acompañada por un compromiso más consistente orientado a promover la cultura del cuidado [13]. Esta cultura, frente a las fracturas de la sociedad y a la inercia de las instituciones, puede convertirse en el lenguaje común que rompa las barreras y construya puentes. «Un país crece cuando sus diversas riquezas culturales dialogan de manera constructiva: la cultura popular, la universitaria, la juvenil, la artística, la tecnológica, la cultura económica, la cultura de la familia y de los medios de comunicación» [14]. Por consiguiente, es necesario forjar un nuevo paradigma cultural a través de «un pacto educativo global para y con las generaciones más jóvenes, que involucre en la formación de personas maduras a las familias, comunidades, escuelas y universidades, instituciones, religiones, gobernantes, a toda la humanidad» [15]. Un pacto que promueva la educación a la ecología integral según un modelo cultural de paz, de desarrollo y de sostenibilidad, centrado en la fraternidad y en la alianza entre el ser humano y su entorno [16].

Invertir en la instrucción y en la educación de las jóvenes generaciones es el camino principal que las conduce, por medio de una preparación específica, a ocupar de manera provechosa un lugar adecuado en el mundo del trabajo [17].

4. Promover y asegurar el trabajo construye la paz

El trabajo es un factor indispensable para construir y mantener la paz; es expresión de uno mismo y de los propios dones, pero también es compromiso, esfuerzo, colaboración con otros, porque se trabaja siempre con o por alguien. En esta perspectiva marcadamente social, el trabajo es el lugar donde aprendemos a ofrecer nuestra contribución por un mundo más habitable y hermoso.  

La situación del mundo del trabajo, que ya estaba afrontando múltiples desafíos, se ha visto agravada por la pandemia de Covid-19. Millones de actividades económicas y productivas han quebrado; los trabajadores precarios son cada vez más vulnerables; muchos de aquellos que desarrollan servicios esenciales permanecen aún más ocultos a la conciencia pública y política; la instrucción a distancia ha provocado en muchos casos una regresión en el aprendizaje y en los programas educativos. Asimismo, los jóvenes que se asoman al mercado profesional y los adultos que han caído en la desocupación afrontan actualmente perspectivas dramáticas.

El impacto de la crisis sobre la economía informal, que a menudo afecta a los trabajadores migrantes, ha sido particularmente devastador. A muchos de ellos las leyes nacionales no los reconocen, es como si no existieran. Tanto ellos como sus familias viven en condiciones muy precarias, expuestos a diversas formas de esclavitud y privados de un sistema de asistencia social que los proteja. A eso se agrega que actualmente sólo un tercio de la población mundial en edad laboral goza de un sistema de seguridad social, o puede beneficiarse de él sólo de manera restringida. La violencia y la criminalidad organizada aumentan en muchos países, sofocando la libertad y la dignidad de las personas, envenenando la economía e impidiendo que se fomente el bien común. La respuesta a esta situación sólo puede venir a través de una mayor oferta de las oportunidades de trabajo digno.

El trabajo, en efecto, es la base sobre la cual se construyen en toda comunidad la justicia y la solidaridad. Por eso, «no debe buscarse que el progreso tecnológico reemplace cada vez más el trabajo humano, con lo cual la humanidad se dañaría a sí misma. El trabajo es una necesidad, parte del sentido de la vida en esta tierra, camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal» [18]. Tenemos que unir las ideas y los esfuerzos para crear las condiciones e inventar soluciones, para que todo ser humano en edad de trabajar tenga la oportunidad de contribuir con su propio trabajo a la vida de la familia y de la sociedad.

Es más urgente que nunca que se promuevan en todo el mundo condiciones laborales decentes y dignas, orientadas al bien común y al cuidado de la creación. Es necesario asegurar y sostener la libertad de las iniciativas empresariales y, al mismo tiempo, impulsar una responsabilidad social renovada, para que el beneficio no sea el único principio rector.

En esta perspectiva hay que estimular, acoger y sostener las iniciativas que instan a las empresas al respeto de los derechos humanos fundamentales de las trabajadoras y los trabajadores, sensibilizando en ese sentido no sólo a las instituciones, sino también a los consumidores, a la sociedad civil y a las realidades empresariales. Estas últimas, cuanto más conscientes son de su función social, más se convierten en lugares en los que se ejercita la dignidad humana, participando así a su vez en la construcción de la paz. En este aspecto la política está llamada a desempeñar un rol activo, promoviendo un justo equilibrio entre la libertad económica y la justicia social. Y todos aquellos que actúan en este campo, comenzando por los trabajadores y los empresarios católicos, pueden encontrar orientaciones seguras en la doctrina social de la Iglesia.  

Queridos hermanos y hermanas: Mientras intentamos unir los esfuerzos para salir de la pandemia, quisiera renovar mi agradecimiento a cuantos se han comprometido y continúan dedicándose con generosidad y responsabilidad a garantizar la instrucción, la seguridad y la tutela de los derechos, para ofrecer la atención médica, para facilitar el encuentro entre familiares y enfermos, para brindar ayuda económica a las personas indigentes o que han perdido el trabajo. Aseguro mi recuerdo en la oración por todas las víctimas y sus familias.

A los gobernantes y a cuantos tienen responsabilidades políticas y sociales, a los pastores y a los animadores de las comunidades eclesiales, como también a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, hago un llamamiento para que sigamos avanzando juntos con valentía y creatividad por estos tres caminos: el diálogo entre las generaciones, la educación y el trabajo. Que sean cada vez más numerosos quienes, sin hacer ruido, con humildad y perseverancia, se conviertan cada día en artesanos de paz. Y que siempre los preceda y acompañe la bendición del Dios de la paz.

Vaticano, 8 de diciembre de 2021

Francisco

lunes, 7 de diciembre de 2020

PADRE RANIERO CANTALAMESSA: PRIMERA PREDICACIÓN DE ADVIENTO 2020

"ENSEÑANOS A CONTAR NUESTROS DÍAS Y LLEGAREMOS A LA SABIDURÍA DEL CORAZÓN" (SALMO 90, 12)

Uno de nuestros poetas italianos, Giuseppe Ungaretti, describe el estado de ánimo de los soldados en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial en una poesía compuesta de apenas ocho palabras:

Estamos
Como en otoño
Las hojas
En los árboles

En estos tiempos toda la humanidad experimenta este sentido de precariedad y caduquez debido a la pandemia. «El Señor —escribió san Gregorio Magno— a veces nos instruye con palabras, a veces, en cambio, con los hechos».

En el año marcado por el gran y terrible «hecho» del coronavirus, nos esforzamos por reunir la enseñanza que cada uno de nosotros puede extraer de él para nuestra vida personal y espiritual. Son reflexiones que podemos hacer solo nosotros los creyentes y que tal vez sería imprudente en este momento proponer a todos indiscriminadamente para no aumentar las perplejidades que la pandemia crea en algunos respecto de la fe.

Las verdades eternas sobre las que queremos reflexionar son: primero, que todos somos mortales y «no tenemos una morada estable aquí abajo»; en segundo lugar, que la vida del creyente no termina con la muerte porque nos espera la vida eterna; tercero, que no estamos solos y a merced de las olas en el pequeño barco de nuestro planeta porque la «Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros». La primera de estas verdades es objeto de experiencia, las otras dos son objeto de fe y esperanza.

«Memento mori!»

Comencemos meditando hoy sobre la primera de estas «máximas eternas»: la muerte. Está resumida en el antiguo lema que los monjes trapenses eligieron como lema de su Orden «Memento mori»: recuerda que morirás.

De la muerte se puede hablar de dos maneras diferentes: o en clave kerigmática o en clave sapiencial. La primera manera consiste en proclamar que Cristo ha vencido a la muerte; que ya no es un muro contra el cual todo se hace pedazos, sino un puente hacia la vida eterna. La forma sapiencial o existencial consiste, en cambio, en reflexionar sobre la realidad de la muerte tal como se presenta a la experiencia humana, con el fin de sacar lecciones de ella para vivir bien. Es la perspectiva en la que nos situamos en esta meditación.

Este último es el modo en que se habla de la muerte en el Antiguo Testamento y en particular en los libros sapienciales: «Enséñanos a contar nuestros días y llegaremos a la sabiduría del corazón», pide el salmista a Dios (Sal 90,12). Esta forma de ver la muerte no termina con el Antiguo Testamento, sino que también continúa en el Evangelio de Cristo. Recordemos su amonestación: «Mirad porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13), la conclusión de la parábola del hombre rico que planeaba construir graneros más grandes para su cosecha: «Insensato, esta misma noche se te pedirá la vida. Y lo que has preparado, ¿de quién será?» (Lc 12,20), y también su dicho: «¿De qué le vale al hombre ganar el mundo entero si pierde la alma?» (cf. Mt 16,26).

La tradición de la Iglesia ha hecho suya esta enseñanza. Los Padres del desierto cultivaron el pensamiento de la muerte, hasta que lo convirtieron en una práctica constante y lo tuvieron vivo con todos los medios. Uno de ellos, que trabajaba para hilar la lana, había tomado la costumbre de dejar caer al suelo el huso de vez en cuando y «poner la muerte ante de sus ojos antes de recogerlo de nuevo». «Por la mañana —exhorta la Imitación de Cristo—, ten en cuenta que no vas a llegar a la noche. Cuando caiga la noche no te atrevas a prometerte que te levantará por la mañana» (I, 23). San Alfonso María de Ligorio escribió un tratado titulado Preparación para la muerte que ha sido durante siglos un clásico de la espiritualidad católica. Muchos santos, a partir del siglo XVI, son representados meditando frente a un cráneo.

Dicho modo sapiencial de hablar de la muerte se encuentra en todas las culturas, no sólo en la Biblia y en el cristianismo. También está presente, secularizado, en el pensamiento moderno y vale la pena mencionar brevemente las conclusiones a las que llegaron dos pensadores cuya influencia sigue siendo fuerte en nuestra cultura.

El primero es Jean-Paul Sartre. Él invirtió la relación clásica entre esencia y existencia, afirmando que la existencia es lo primero y es más importante que la esencia. Traducido en términos simples, esto significa que no hay orden ni una escala de valores objetivos y anteriores a todo —Dios, el bien, los valores, la naturaleza— a la que el hombre debe conformarse, sino que todo debe partir de su existencia y libertad individuales. Cada persona debe inventar y realizar su destino como el río, que al avanzar, excava su propio cauce. La vida es un proyecto que no está escrito en ninguna parte, sino que se decide por las propias elecciones libres.

Este modo de concebir la existencia ignora por completo el hecho de la muerte y, por lo tanto, es refutado por la realidad misma de la existencia que se quiere afirmar. ¿Qué puede proyectar el hombre, si no sabe, ni depende de él, si mañana seguirá todavía vivo? Su intento se parece al de un recluso que pasa todo su tiempo proyectando la mejor ruta a seguir para pasar de una pared de su celda a la otra.

Más creíble, en este punto, es el pensamiento de otro filósofo, Martin Heidegger, que también parte de premisas análogas y se mueve en el mismo cauce del existencialismo. Al definir al hombre como «un-ser-para-la-muerte» , hace de la muerte no un accidente que acaba con la vida, sino la esencia misma de la vida, aquello de lo que está hecha. Vivir es morir. El hombre no puede vivir sin quemar y acortar la vida. Cada minuto que pasa es quitado de la vida y entregado a la muerte, como, al conducir en coche por una carretera, vemos casas y árboles que desaparecen rápidamente detrás de nosotros. Vivir para la muerte significa que la muerte no es solo el final, sino también el fin de la vida. Se nace para morir, no para otra cosa.

¿Qué es entonces —se pregunta el filósofo— ese «núcleo sólido, seguro e infranqueable», al que la conciencia recuerda al hombre y sobre el que debe basarse su existencia, si quiere ser «auténtica»? Respuesta: ¡Su nada! Todas las posibilidades humanas son, en realidad, imposibilidades. Todo intento de proyectarse y de elevarse es un salto que parte de la nada y termina en la nada. Sólo queda resignarse, hacer de la necesidad virtud y amar el propio destino. Una especie de versión moderna del «amor fati» de los estoicos.

San Agustín también había anticipado esta intuición del pensamiento moderno sobre la muerte, pero para sacar de ello una conclusión totalmente diferente: no el nihilismo, sino fe en la vida eterna.

Cuando un hombre nace —escribía— se hacen muchas hipótesis: tal vez sea hermoso, tal vez sea feo; tal vez sea rico, tal vez se pobre; tal vez vivirá mucho tiempo, tal vez no… Pero de nadie se dice: tal vez muera o tal vez no muera. Esta es la única cosa absolutamente segura en la vida. Cuando sabemos que uno está enfermo de hidropesía [entonces era esta la enfermedad incurable, hoy son otras] decimos: «Pobre hombre, debe morir; está condenado, no hay remedio». ¿Pero no deberíamos decir lo mismo de uno que nace? «¡Pobre hombre, debe morir, no hay remedio, está condenado!». ¿Qué importa si en un tiempo un poco más largo, o un poco más corto? La muerte es la enfermedad mortal que se contrae al nacer .

Dante Alighieri condensó en un solo verso esta visión agustiniana, definiendo la vida humana en la tierra como «un correr a la muerte» .

En la escuela de la «hermana muerte»

En la oleada del avance de la tecnología y de las conquistas de la ciencia, corremos el riesgo de ser como ese hombre de la parábola que se dice a sí mismo: «Alma mía, tienes muchos bienes a tu disposición, para muchos años; ¡descansa, come, bebe y diviértete!" (Lc 12,19). La presente calamidad ha venido a recordarnos lo poco que depende del hombre «proyectar» y decidir su propio futuro.

La consideración sapiencial de la muerte conserva, después de Cristo, la misma función que tiene la ley después de la venida de la gracia. También ella sirve para preservar el amor y la gracia. La ley —está escrito— fue dada para los pecadores (cf. 1 Tim 1,9) y nosotros todavía somos pecadores, es decir, sujetos a la seducción del mundo y de las cosas visibles, siempre tentados de «conformarnos a este mundo» (Cf. Rom 12,2). No hay mejor lugar para colocarse para ver el mundo, a uno mismo y todos los acontecimientos, en su verdad que el de la muerte. Entonces todo se pone en su justo lugar.

El mundo aparece a menudo como una maraña inextricable de injusticia y desorden, hasta el punto de que todo parece suceder al azar y sin haber coherencia o plan alguno. Una especie de pintura sin forma, en la que todos los elementos y colores parecen colocados al azar, como en ciertas pinturas modernas. A menudo se ve que triunfa la iniquidad y la inocencia es castigada. Pero, para que no se crea que en el mundo hay algo fijo y constante, he aquí —Bossuet señaló— que a veces se ve lo contrario, es decir, ¡la inocencia en el trono y la iniquidad en el patíbulo!

¿Hay algún punto desde el cual observar este inmenso cuadro y descifrar su significado? Sí, es el «fin», es decir, la muerte, a la que sigue inmediatamente el juicio de Dios (cf. Heb 9,27). Visto desde aquí, todo adquiere su justo valor. La muerte es el fin de todas las diferencias e injusticias que existen entre los hombres. La muerte, dijo nuestro actor cómico Totó, es como el nivel de los albañiles: anula todas las diferencias y los privilegios.

Mirar la vida desde el punto de vista de la muerte, otorga una ayuda extraordinaria para vivir bien. ¿Estás angustiado por problemas y dificultades? Adelántate, colócate en el punto correcto: mira estas cosas desde el lecho de muerte. ¿Cómo te gustaría haber actuado? ¿Qué importancia darías a estas cosas? ¡Hazlo así y te salvarás! ¿Tienes una discrepancia con alguien? Mira la cosa desde el lecho de muerte. ¿Qué te gustaría haber hecho entonces: haber ganado o haberte humillado? ¿Haber prevalecido o haber perdonado?

El pensamiento de la muerte nos impide apegarnos a las cosas, fijar aquí abajo la morada del corazón, olvidando que «no tenemos una morada estable aquí abajo» (Heb 13,14). El hombre, dice un salmo, «cuando muere no se lleva nada consigo, ni desciende con él su gloria» (Sal 49,18). En la antigüedad, se acostumbraba enterrar a los reyes con sus joyas. Esto alentaba, naturalmente, la práctica de violar tumbas para llevarse de ellas sus tesoros. Se han encontrado tumbas de este tipo, en las que, para mantener alejados a los profanadores, se ponía una inscripción en la parte superior del sarcófago: «Aquí estoy yo solo». ¡Qué cierta era esa inscripción, incluso si, de hecho, la tumba ocultaba joyas! El ser humano «cuando muere no se lleva nada consigo».

La hermana muerte es una muy buena hermana mayor y una buena pedagoga. Nos enseña muchas cosas; basta que sepamos escucharla con docilidad. La Iglesia no tiene miedo de enviarnos a la escuela con ella. En la liturgia del Miércoles de Ceniza, hay una antífona de tonos fuertes, que suena aún más fuerte en el texto original latino. Dice: «Emendemus in melius quae ignoranter peccavimus; ne subito praeoccupati die mortis, quaeramus spatium poenitentiae, et invenire non possimus»: «Enmendémonos del mal que hemos hecho por ignorancia. No suceda que alcanzados de repente por la hora de la muerte, busquemos un espacio para hacer penitencia y ya no podamos encontrarlo». Un día, una hora sola, una buena confesión: ¡qué diferentes nos parecerían estas cosas en ese momento! ¡Cómo las preferiríamos a cetros y reinos, a una larga vida, a riqueza y a salud!

Pienso en otro ámbito en el que necesitamos urgentemente a la hermana muerte como maestra, más allá del campo ascético: la evangelización. El pensamiento de la muerte es casi la única arma que nos queda para sacudir del letargo a una sociedad opulenta, a la que le ha sucedido lo que le ocurrió al pueblo elegido liberado de Egipto: «Comió y se sació, —sí, engordó, se cebó, engulló— y rechazó al Dios que lo había hecho» (Dt 32,15).

En un momento delicado de la historia del pueblo elegido, Dios dijo al profeta Isaías: «¡Grita!». El profeta respondió: «¿Qué debo gritar?» y Dios: Que «todo hombre es como la hierba y toda su gloria es como el heno del campo. Se seca la hierba, la flor se marchita, cuando el aliento del Señor sopla sobre ellos» (Is 40,6-7). Creo que Dios hoy da esta misma orden a sus profetas y lo hace porque ama a sus hijos y no quiere que «como ovejas se encaminen a los infiernos y que su pastor sea la muerte» (Cf. Sal 49,15).

La cuestión sobre el sentido de la vida y de la muerte desempeñó un papel notable en la primera evangelización de Europa y no se excluye que pueda desempeñar uno análogo en el esfuerzo actual por su re-evangelización. Si hay algo que no ha cambiado en nada desde entonces, es precisamente esto: que los hombres deben morir. Beda el Venerable relata cómo el cristianismo entró en el norte de Inglaterra, superando las resistencias del paganismo. El rey convocó a la gran asamblea de su reino para decidir la cuestión de si dejar o no entrar a los misioneros cristianos. Hubo opiniones contradictorias, cuando uno de los dignatarios se puso de pie e hizo, en esencia, este discurso:

La vida presente del hombre sobre la tierra, oh rey, en comparación con el tiempo que nos es desconocido me parece tal como cuando, estando tú sentado a cenar en tiempo de invierno con tus jefes y servidores, con el fuego encendido en medio y bien caliente la sala, mientras fuera se desata la furia de los vendavales invernales de lluvias y nieves, llega un pájaro y cruza la mansión volando raudamente: entra por una puerta y al momento sale por otra y, desde luego, en el tiempo en que está dentro, no le alcanza la tempestad del invierno; pero, tras recorrer en un momento un pequeño trecho de bonanza, enseguida, volviendo del invierno al invierno, desaparece de tu vista. Así aparece esta vida de los hombres: por poco tiempo; pero lo que lo sigue después y lo que ha habido antes lo ignoramos por entero. En consecuencia, si esta nueva doctrina ha aportado algo más cierto, parece que merece seguirse.

Fue el interrogante planteado por la muerte lo que allanó el camino para el Evangelio, como una brecha siempre abierta en el corazón del hombre.

«Alabado seas Señor, por la hermana muerte corporal»

Pero, ¿cómo —se dirá— renovamos el temor a la muerte? ¿No vino Jesús acaso a liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos»? (Heb 2,15). Sí, pero hay que haber conocido este miedo para ser liberado de él. Jesús libera del miedo a la muerte a quien lo tiene, no al que no lo tiene e ignora alegremente que debe morir. Vino a enseñar el miedo a la muerte eterna a aquellos que sólo conocían el miedo a la muerte temporal.

La «muerte segunda», la llama el Apocalipsis (Ap 20,6). Es la única que realmente merece el nombre de muerte, porque no es un tránsito, una Pascua, sino una terrible terminal de trayecto. Para salvar a los hombres de esta desgracia debemos volver a predicar sobre la muerte. Nadie más que Francisco de Asís conoció el nuevo rostro, pascual, de la muerte cristiana. Su muerte fue verdaderamente un tránsito pascual, un «transitus», como se celebra en la liturgia franciscana. Cuando se sintió cerca del final, el Poverello exclamó: «¡Bienvenida, muerte, hermana mía!» . Sin embargo, en su Cántico de criaturas, junto con palabras muy dulces sobre la muerte, tiene algunas de las más terribles:

«Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la que ningún hombre vivo puede escapar:
ay de aquellos que mueran en pecado mortal;
benditos aquellos a los que encuentre en su santísima voluntad,
porque la muerte segunda no les hará ningún daño».

¡Ay de los que mueran en pecados mortales! «El aguijón de la muerte es el pecado», dice el Apóstol (1 Cor 15,56). Lo que da a la muerte su poder más temible para angustiar al hombre y atemorizarle es el pecado. Si uno vive en pecado mortal, para él la muerte todavía tiene el aguijón, el veneno, como antes de Cristo, y por eso hiere, mata y envía a la Gehena. No temáis —diría Jesús— a la muerte que mata el cuerpo y luego no puede hacer nada más. Temed a esa muerte que, después de haber matado el cuerpo, tiene el poder de arrojar a la Gehena (cf. Lc 12,4-5). ¡Quita el pecado y has quitado también a tu muerte su aguijón!

Al instituir la Eucaristía, Jesús anticipó su propia muerte. Nosotros podemos hacer lo mismo. De hecho, Jesús inventó este medio de hacernos partícipes de su muerte, para unirnos a él. Participar en la Eucaristía es la forma más verdadera, más justa y más eficaz de «prepararnos» a la muerte. En ella celebramos también nuestra muerte y la ofrecemos, día a día, al Padre. En la Eucaristía podemos elevar al Padre nuestro «amén, sí», a lo que nos espera, al tipo de muerte que quiera permitir para nosotros. En ella «hacemos testamento»: decidimos a quién dejar la vida, por quién morir.

Nacimos, es verdad, para morir; la muerte no es sólo el final, sino también el fin de la vida. Esto, sin embargo, lejos de parecer una condena, como decía el filósofo recordado antes, parece en cambio un privilegio. «Cristo mismo —dice san Gregorio de Nisa— nació para morir» , es decir, para poder dar la vida en rescate por todos. Nosotros también hemos recibido la vida como don para tener algo único, precioso, digno de Dios, que poder, por nuestra parte, ofrecerle como don y sacrificio. ¿Qué utilización más hermosa se puede pensar de la vida, que para darla, por amor, al Creador que nos la dio por amor? Parafraseando las palabras pronunciadas por el sacerdote en el ofertorio de la Misa, sobre el pan y el vino podemos decir: «De tu bondad hemos recibido esta vida nuestra; te la presentamos para que se convierta en un sacrificio vivo, santo, agradable a ti» (cf. Rom 12,1).

Con todo esto, no le hemos quitado el aguijón al pensamiento de la muerte, su capacidad de angustiarnos y que Jesús también quiso experimentar en Getsemaní. Sin embargo, estamos al menos más preparados para acoger el mensaje consolador que nos llega de la fe y que la liturgia proclama en el prefacio de la Misa de difuntos:

Porque la vida de tus fieles, Señor,
no termina, se transforma,
y, al deshacerse nuestra morada terrenal,
adquirimos una mansión eterna en el cielo.

Hablaremos de esta mansión eterna en los cielos, si Dios quiere, en la próxima meditación.

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©Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

1.Homilías sobre el Evangelio, 17.
2.Apotegmas del ms. Coislin, 126, n. 58.
3.Cf. M. HEIDEGGER, Essere e Tempo, § 51 (Longanesi, Milán 1976) 308s [trad. esp. Ser y tiempo (Fondo de Cultura Económica, México 2002 )].
4.Ib. II, c. 2, § 58, p. 346.
5.Cf. SAN AGUSTÍN, Sermo Guelf. 12, 3: Miscelánea Agustina, I, 482s.
6.Purgatorio, XXXIII, 54.
7.BEDA EL VENERABLE, Historia eclesiástica, II, 13 [trad. esp. Historia eclesiástica del pueblo de los anglos (Akal, Madrid 2013)].
8.CELANO, Vida Segunda 163, 217: Fonti Francescane, 808-809.
9.SAN GREGORIO DE NISA, Or. Cat., 32: PG 45, 80.

domingo, 29 de noviembre de 2020

HOMILÍA DEL PAPA EN EL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Las lecturas de hoy sugieren dos palabras clave para el tiempo de Adviento: cercanía y vigilancia. La cercanía de Dios y nuestra vigilancia. Mientras el profeta Isaías dice que Dios está cerca de nosotros, Jesús en el Evangelio nos invita a vigilar esperando en Él.

Cercanía. Isaías comienza tuteando a Dios: «¡Tú eres nuestro padre!» (63,16), y continúa: «Nunca se oyó [...] que otro dios fuera de ti actuara así a favor de quien espera en él» (64,3). Vienen a la mente las palabras del Deuteronomio: ¿Quién «está tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos?» (4,7). El Adviento es el tiempo para hacer memoria de la cercanía de Dios, que ha descendido hasta nosotros. Pero el profeta supera esto y le pide a Dios que se acerque más: «¡Ojalá rasgaras los cielos y descendieras!» (Is 63,19). Lo hemos pedido también en el Salmo: “Vuelve, visítanos, ven a salvarnos” (cf. Sal 79,15.3). “Dios mío, ven en mi auxilio” es a menudo el comienzo de nuestra oración: el primer paso de la fe es decirle al Señor que lo necesitamos, necesitamos su cercanía.

Es también el primer mensaje del Adviento y del Año Litúrgico, reconocer que Dios está cerca, y decirle: “¡Acércate más!”. Él quiere acercarse a nosotros, pero se ofrece, no se impone. Nos corresponde a nosotros decir sin cesar: “¡Ven!”. Nos corresponde a nosotros, es la oración del adviento ¡Ven! El Adviento nos recuerda que Jesús vino a nosotros y volverá al final de los tiempos, pero nos preguntamos: ¿De qué sirven estas venidas si no viene hoy a nuestra vida? Invitémoslo. Hagamos nuestra la invocación propia del Adviento: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20). Con esta invocación termina el Apocalipsis: «Ven, Señor Jesús». Podemos decirla al principio de cada día y repetirla a menudo, antes de las reuniones, del estudio, del trabajo y de las decisiones que debemos tomar, en los momentos más importantes y en los difíciles: Ven, Señor Jesús. Una oración breve, pero que nace del corazón. Digámosla en este tiempo de Adviento, repitámosla: «Ven, Señor Jesús».

De este modo, invocando su cercanía, ejercitaremos nuestra vigilancia. El Evangelio de Marcos nos propuso hoy la parte final del último discurso de Jesús, que se concentra en una sola palabra: “¡Vigilen!”. El Señor la repite cuatro veces en cinco versículos (cf. Mc 13,33-35.37). Es importante estar vigilantes, porque un error de la vida es el perderse en mil cosas y no percatarse de Dios. San Agustín decía: «Timeo Iesum transeuntem» (Sermones, 88,14,13), “Tengo miedo de que Jesús pase y no me dé cuenta”. Atraídos por nuestros intereses― todos los días experimentamos esto ―y distraídos por tantas vanidades, corremos el riesgo de perder lo esencial. Por eso hoy el Señor repite «a todos: ¡estén vigilantes!» (Mc 13,37). Vigilen, estén atentos.

Pero, si debemos vigilar, esto quiere decir que es de noche. Sí, ahora no vivimos en el día, sino en la espera del día, en medio de la oscuridad y los trabajos. Llegará el día cuando estemos con el Señor. Vendrá, no nos desanimemos. Pasará la noche, aparecerá el Señor; Él, que murió en la cruz por nosotros, nos juzgará. Estar vigilantes es esperar esto, es no dejarse llevar por el desánimo, y esto se llama vivir en la esperanza. Así como antes de nacer nos esperaban quienes nos amaban, ahora nos espera el Amor mismo. Y si nos esperan en el Cielo, ¿por qué vivir con pretensiones terrenales? ¿Por qué agobiarse por alcanzar un poco de dinero, fama, éxito, todas cosas efímeras? ¿Por qué perder el tiempo quejándose de la noche mientras nos espera la luz del día? ¿Por qué buscar “padrinos” para obtener una promoción y ascender, promocionarnos para hacer carrera? Todo pasa. Estén vigilantes, dice el Señor.

Mantenerse despiertos no es fácil, al contrario, es algo muy difícil. Por la noche es natural dormir. No lo lograron los discípulos de Jesús, a quienes Él les había pedido que velaran “al atardecer, a medianoche, al canto del gallo, de madrugada” (cf. v. 35).  Y precisamente a esas horas no estuvieron vigilantes. Al atardecer, en la última cena, traicionaron a Jesús; por la noche se durmieron; al canto del gallo lo negaron; de madrugada dejaron que lo condenaran a muerte. No estuvieron vigilantes. Se quedaron dormidos. Pero sobre nosotros puede caer el mismo sopor. Hay un sueño peligroso: el sueño de la mediocridad. Llega cuando olvidamos nuestro primer amor y seguimos adelante por inercia, preocupándonos sólo por tener una vida tranquila. Pero sin impulsos de amor a Dios, sin esperar su novedad, nos volvemos mediocres, tibios, mundanos. Y esto carcome la fe, porque la fe es lo opuesto a la mediocridad: es el ardiente deseo de Dios, es la valentía perseverante para convertirse, es valor para amar, es salir siempre adelante. La fe no es agua que apaga, sino fuego que arde; no es un calmante para los que están estresados, sino una historia de amor para los que están enamorados. Por eso Jesús odia la tibieza más que cualquier otra cosa (cf. Ap 3,16). Se ve el desprecio de Dios por los tibios.

Y entonces, ¿cómo podemos despertarnos del sueño de la mediocridad? Con la vigilancia de la oración. Rezar es encender una luz en la noche. La oración nos despierta de la tibieza de una vida horizontal, eleva nuestra mirada hacia lo alto, nos sintoniza con el Señor. La oración permite que Dios esté cerca de nosotros; por eso, nos libra de la soledad y nos da esperanza. La oración oxigena la vida: así como no se puede vivir sin respirar, tampoco se puede ser cristiano sin rezar. Y hay mucha necesidad de cristianos que velen por los que duermen, de adoradores, de intercesores que día y noche lleven ante Jesús, luz del mundo, las tinieblas de la historia. Hay necesidad de adoradores. Hemos perdido un poco el sentido de la adoración, de estar en silencio ante el Señor, adorando. Ésta es la mediocridad, la tibieza.

Hay también un segundo sueño interior: el sueño de la indiferencia. El que es indiferente ve todo igual, como de noche, y no le importa quién está cerca. Cuando sólo giramos alrededor de nosotros mismos y de nuestras necesidades, indiferentes a las de los demás, la noche cae en el corazón. El corazón se vuelve oscuro. Comenzamos rápido a quejarnos de todo, luego sentimos que somos víctimas de los otros y al final hacemos complots de todo. Quejas, victimismo y complots. Es una cadena. Hoy parece que esta noche ha caído sobre muchos, que exigen sólo para sí mismos y se desinteresan de los demás.

¿Cómo podemos despertar de este sueño de indiferencia? Con la vigilancia de la caridad. Para llevar luz a aquel sueño de la mediocridad, de la tibieza, está la vigilancia de la oración. Para despertarnos de este sueño de la indiferencia está la vigilancia de la caridad. La caridad es el corazón palpitante del cristiano. Así como no se puede vivir sin el latido del corazón, tampoco se puede ser cristiano sin caridad. Algunos piensan que sentir compasión, ayudar, servir sea algo para perdedores; en realidad es la apuesta segura, porque ya está proyectada hacia el futuro, hacia el día del Señor, cuando todo pasará y sólo quedará el amor. Es con obras de misericordia que nos acercamos al Señor. Se lo pedimos hoy en la oración colecta: «Aviva en tus fieles […] el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras». El deseo de salir al encuentro de Cristo con las buenas obras. Jesús viene y el camino para ir a su encuentro está señalado: son las obras de caridad.

Queridos hermanos y hermanas, rezar y amar, he aquí la vigilancia. Cuando la Iglesia adora a Dios y sirve al prójimo, no vive en la noche. Aunque esté cansada y abatida, camina hacia el Señor. Invoquémoslo: Ven, Señor Jesús, te necesitamos. Acércate a nosotros. Tú eres la luz: despiértanos del sueño de la mediocridad, despiértanos de la oscuridad de la indiferencia. Ven, Señor Jesús, haz que nuestros corazones que ahora están distraídos estén vigilantes: haznos sentir el deseo de rezar y la necesidad de amar.

Santa Misa con los nuevos cardenales

Basílica de San Pedro, Altar de la Cátedra
Primer Domingo de Adviento, 29 de noviembre de 2020

miércoles, 26 de febrero de 2020

MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2020

«En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20)

Queridos hermanos y hermanas:

El Señor nos vuelve a conceder este año un tiempo propicio para prepararnos a celebrar con el corazón renovado el gran Misterio de la muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida cristiana personal y comunitaria. Debemos volver continuamente a este Misterio, con la mente y con el corazón. De hecho, este Misterio no deja de crecer en nosotros en la medida en que nos dejamos involucrar por su dinamismo espiritual y lo abrazamos, respondiendo de modo libre y generoso.

El Misterio pascual, fundamento de la conversión

La alegría del cristiano brota de la escucha y de la aceptación de la Buena Noticia de la muerte y resurrección de Jesús: el kerygma. En este se resume el Misterio de un amor «tan real, tan verdadero, tan concreto, que nos ofrece una relación llena de diálogo sincero y fecundo» (Exhort. ap. Christus vivit, 117). Quien cree en este anuncio rechaza la mentira de pensar que somos nosotros quienes damos origen a nuestra vida, mientras que en realidad nace del amor de Dios Padre, de su voluntad de dar la vida en abundancia (cf. Jn 10,10). En cambio, si preferimos escuchar la voz persuasiva del «padre de la mentira» (cf. Jn 8,45) corremos el riesgo de hundirnos en el abismo del sinsentido, experimentando el infierno ya aquí en la tierra, como lamentablemente nos testimonian muchos hechos dramáticos de la experiencia humana personal y colectiva.

Por eso, en esta Cuaresma 2020 quisiera dirigir a todos y cada uno de los cristianos lo que ya escribí a los jóvenes en la Exhortación apostólica Christus vivit: «Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez» (n. 123). La Pascua de Jesús no es un acontecimiento del pasado: por el poder del Espíritu Santo es siempre actual y nos permite mirar y tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren.

Urgencia de conversión

Es saludable contemplar más a fondo el Misterio pascual, por el que hemos recibido la misericordia de Dios. La experiencia de la misericordia, efectivamente, es posible sólo en un «cara a cara» con el Señor crucificado y resucitado «que me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). Un diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo. Por eso la oración es tan importante en el tiempo cuaresmal. Más que un deber, nos muestra la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene.

De hecho, el cristiano reza con la conciencia de ser amado sin merecerlo. La oración puede asumir formas distintas, pero lo que verdaderamente cuenta a los ojos de Dios es que penetre dentro de nosotros, hasta llegar a tocar la dureza de nuestro corazón, para convertirlo cada vez más al Señor y a su voluntad.
Así pues, en este tiempo favorable, dejémonos guiar como Israel en el desierto (cf. Os 2,16), a fin de poder escuchar finalmente la voz de nuestro Esposo, para que resuene en nosotros con mayor profundidad y disponibilidad. Cuanto más nos dejemos fascinar por su Palabra, más lograremos experimentar su misericordia gratuita hacia nosotros. No dejemos pasar en vano este tiempo de gracia, con la ilusión presuntuosa de que somos nosotros los que decidimos el tiempo y el modo de nuestra conversión a Él.

La apasionada voluntad de Dios de dialogar con sus hijos

El hecho de que el Señor nos ofrezca una vez más un tiempo favorable para nuestra conversión nunca debemos darlo por supuesto. Esta nueva oportunidad debería suscitar en nosotros un sentido de reconocimiento y sacudir nuestra modorra. A pesar de la presencia —a veces dramática— del mal en nuestra vida, al igual que en la vida de la Iglesia y del mundo, este espacio que se nos ofrece para un cambio de rumbo manifiesta la voluntad tenaz de Dios de no interrumpir el diálogo de salvación con nosotros. En Jesús crucificado, a quien «Dios hizo pecado en favor nuestro» (2 Co 5,21), ha llegado esta voluntad hasta el punto de hacer recaer sobre su Hijo todos nuestros pecados, hasta «poner a Dios contra Dios», como dijo el papa Benedicto XVI (Enc. Deus caritas est, 12). En efecto, Dios ama también a sus enemigos (cf. Mt 5,43-48).

El diálogo que Dios quiere entablar con todo hombre, mediante el Misterio pascual de su Hijo, no es como el que se atribuye a los atenienses, los cuales «no se ocupaban en otra cosa que en decir o en oír la última novedad» (Hch 17,21). Este tipo de charlatanería, dictado por una curiosidad vacía y superficial, caracteriza la mundanidad de todos los tiempos, y en nuestros días puede insinuarse también en un uso engañoso de los medios de comunicación.

Una riqueza para compartir, no para acumular sólo para sí mismo

Poner el Misterio pascual en el centro de la vida significa sentir compasión por las llagas de Cristo crucificado presentes en las numerosas víctimas inocentes de las guerras, de los abusos contra la vida tanto del no nacido como del anciano, de las múltiples formas de violencia, de los desastres medioambientales, de la distribución injusta de los bienes de la tierra, de la trata de personas en todas sus formas y de la sed desenfrenada de ganancias, que es una forma de idolatría.

Hoy sigue siendo importante recordar a los hombres y mujeres de buena voluntad que deben compartir sus bienes con los más necesitados mediante la limosna, como forma de participación personal en la construcción de un mundo más justo. Compartir con caridad hace al hombre más humano, mientras que acumular conlleva el riesgo de que se embrutezca, ya que se cierra en su propio egoísmo. Podemos y debemos ir incluso más allá, considerando las dimensiones estructurales de la economía. Por este motivo, en la Cuaresma de 2020, del 26 al 28 de marzo, he convocado en Asís a los jóvenes economistas, empresarios y change-makers, con el objetivo de contribuir a diseñar una economía más justa e inclusiva que la actual. Como ha repetido muchas veces el magisterio de la Iglesia, la política es una forma eminente de caridad (cf. PÍO XI, Discurso a la FUCI, 18 diciembre 1927). También lo será el ocuparse de la economía con este mismo espíritu evangélico, que es el espíritu de las Bienaventuranzas.

Invoco la intercesión de la Bienaventurada Virgen María sobre la próxima Cuaresma, para que escuchemos el llamado a dejarnos reconciliar con Dios, fijemos la mirada del corazón en el Misterio pascual y nos convirtamos a un diálogo abierto y sincero con el Señor. De este modo podremos ser lo que Cristo dice de sus discípulos: sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-14).

FRANCISCO

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